Un año más ha pasado el Orgullo y un año más queda una sensación incómoda: no ha servido de mucho. El mes del Orgullo sí se llena de visibilidad, pero casi siempre para los mismos. Tenemos manifestaciones y manifestantes, discursos y discursistas. Y una cosa que nos obsesiona en Grado Cero: ¿hay bulos?
Pues alguno hay, pero sobre todo hay discrepancias.
No es un bulo algo que se dice porque no hay consenso. Y no todo lo que no tiene consenso puede expulsarse del debate como si no existiera. El colectivo del que a quien escribe le gustaría formar parte es uno que defiende los Derechos Humanos. Pero eso no da potestad para afirmar, sin más, que todo el colectivo LGTBIQ+ piensa exactamente igual sobre cada tema. El ejemplo de los vientres de alquiler es evidente. Parece que una mayoría está en contra, sí. Pero ese discurso sigue apareciendo en manifestaciones, pancartas, debates y espacios públicos año tras año. Y si no se puede echar por completo del terreno discursivo, entonces hay que asumir que existe. De forma minoritaria, probablemente. Pero existe.
Personalmente, me encantaría formar parte de un colectivo que es consciente de cómo lo están capitalizando. Y, con ello asumido, lo afronta y lo aprovecha. Formar parte de un colectivo que no tenga miedo a seguir añadiendo siglas. Y que las nuevas generaciones que vienen, vengan más deconstruidas. Muevan el tablero e incluso cambien las normas, porque nacer con referentes te hace superarlos. Me encantaría un colectivo sin vergüenza de reconocer lo que es la T, lo valiosísima que es la L y lo cuestionada que es la B. Formar parte de un colectivo que, en esencia, entienda que lo transversal es crucial.
Pero la realidad es más compleja. Artículos y articulistas, asociaciones y asociados, manifiestos y respuestas cruzadas demuestran que, por desgracia, no hay consenso. Y quizá ahí esté precisamente el problema y la virtud de cualquier colectivo: su propia esencia es incluir. El barco está lleno. Ahora toca aprender a manejarlo.