El punto de partida

No, el Gobierno no ha creado una marca de ropa por 15 millones de euros. La campaña Dmocracia, que ha terminado en el centro de la conversación política por la participación de Marina Rivers, utiliza estética de moda urbana para hablar de democracia con el público joven. Otra cosa es que la idea guste más, menos o nada.

La polémica ha crecido porque algunos mensajes en redes han presentado la iniciativa como si fuera una firma comercial financiada con una cifra millonaria. Pero las prendas no están a la venta y el coste de la campaña no llega a los 380.000 euros, según la información trasladada por el Ejecutivo.

Marina Rivers, centro de la polémica

La influencer Marina Rivers se ha convertido en el principal foco de críticas de la campaña. Tras los ataques recibidos, la creadora de contenido ha defendido que debatir sobre el uso del dinero público es legítimo, pero ha pedido hacerlo sin bulos ni populismo. También ha anunciado que donará el dinero recibido por participar en la acción. El asunto deja una pregunta más interesante que el propio escándalo: ¿sirve una campaña con influencers para acercar la democracia a la juventud o termina dando munición a quienes quieren ridiculizarla?

La campaña puede ser criticada. Se puede discutir si era necesaria, si su estética conecta de verdad con la generación Z o si el Gobierno ha elegido bien el formato. Dmocracia no es una línea de ropa comercial, sino una campaña institucional que usa códigos de moda, redes sociales e influencers para hablar de valores democráticos. Ahí se puede plantar el punto clave: comunicar la democracia a la juventud es importante, pero hacerlo desde el lenguaje de la publicidad siempre tiene un riesgo evidente: que el mensaje quede enterrado bajo el ruido.

 

Rapha Borrego

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